Por Dave Hunt
De hecho, Mahoma, cuya palabra no puede ser cambiada,
le impuso a cada musulmán, de todas las edades, la obligación
de exterminar a todos los judíos. Sólo entonces "podrá
llegar el clímax del islam". Ese hecho hace
que la "paz" entre Israel y los musulmanes sea imposible. Cualquier
"acuerdo de paz" aparente firmado por los musulmanes, no vale ni siquiera
la tinta de sus firmas. Durante los diez años previos al acuerdo de Oslo,
211 israelitas fueron asesinados por terroristas; mientras que en los diez años
después de tal acuerdo, aproximadamente 1.200 israelitas fueron asesinados
y 5.000 heridos.
Ningún
árabe musulmán, ya sea un líder político o religioso,
puede contradecir al profeta fundador del islam. Por
tanto, tratar de continuar buscando la "paz" en el Medio Oriente es
el colmo de la necedad.
Pese
a todo, los líderes políticos del mundo occidental, al igual que
los religiosos, continúan aferrándose a
una esperanza vana, obligando a Israel a hacer concesiones territoriales,
las que pavimentarán el camino hacia la destrucción de los primeros..
El Israel moderno
ocupa una porción de territorio relativamente pequeña. Los árabes
poseen 700 veces más, junto con vastas reservas de petróleo y
minerales. Siendo así, entonces ¿por qué están
tan determinados a apoderarse del diminuto Israel? Porque
según el islam, les pertenece a ellos...
"Un
estado soberano judío es prueba de que Mahoma fue un profeta falso
y que Alá no es Dios. Por lo tanto, los musulmanes tienen
que destruir a Israel" |
Un estado soberano
judío es prueba de que Mahoma fue un profeta falso y que Alá no
es Dios. Por lo tanto, los musulmanes tienen que destruir a Israel"
Tanto
la Biblia como El Corán coinciden en que hace 4.000 años Dios
les otorgó la tierra prometida a Abraham y a sus descendientes, los israelitas.
Sin embargo, los árabes reclaman el territorio asegurando
que les pertenece por medio de Ismael, el primer hijo de Abraham.
Dios declaró
que no sería Ismael, sino Isaac, el hijo de Sara, el heredero de la promesa:
"Dijo
también Dios a Abraham: A Sarai tu mujer no la llamarás Sarai,
mas Sara será su nombre. Y la bendeciré, y también te daré
de ella hijo; sí, la bendeciré, y vendrá a ser madre de
naciones; reyes de pueblos vendrán de ella. Entonces Abraham se postró
sobre su rostro, y se rió, y dijo en su corazón: ¿A hombre
de cien años ha de nacer hijo? ¿Y Sara, ya de noventa años,
ha de concebir? Y dijo Abraham a Dios: Ojalá Ismael viva delante de ti.
Respondió Dios: Ciertamente Sara tu mujer te dará a luz un hijo,
y llamarás su nombre Isaac; y confirmaré mi pacto con él
como pacto perpetuo para sus descendientes después de él. Y en
cuanto a Ismael, también te he oído; he aquí que le bendeciré,
y le haré fructificar y multiplicar mucho en gran manera; doce príncipes
engendrará, y haré de él una gran nación. Mas
yo estableceré mi pacto con Isaac, el que Sara te dará
a luz por este tiempo el año que viene" (Gn. 17:15-21).
Al igual que su
padre, Isaac tuvo dos hijos, Esaú y Jacob. Una vez más el Señor
rechazó al primogénito y le dio la herencia al segundo, es decir
que la herencia va de Abraham a Isaac y a Jacob, cuyo nombre cambió
Dios a Israel.
Doce veces Jehová
se llama a sí mismo "...el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios
de Jacob..." declarando: "Este es mi nombre para siempre; con él
se me recordará por todos los siglos" (Ex. 3:15). Más de
200 veces desde Éxodo 5:1 hasta Lucas 1:68, a Jehová se le llama
"el Dios de Israel".
Los musulmanes
aseguran que la Biblia fue corrompida por revisiones posteriores. Sin embargo,
los miles de manuscritos bíblicos, históricos, la exactitud de
las profecías cumplidas y la intrincada integración de los temas
desde Génesis hasta el Apocalipsis, reducen tal reclamo de los musulmanes
a algo que no tiene sentido. Además, el
propio Corán verifica lo que dice la Biblia respecto al derecho de Israel
a la tierra prometida.
Leemos en Sura
5:70: «Concertamos un pacto con los Hijos de Israel». Y a continuación:
«Hicimos que los hijos de Israel atravesaran el mar. Faraón y sus
tropas les persiguieron. Quiso ahuyentarles del país y le anegamos con
todos los suyos. Y, después de él, dijimos a los Hijos de Israel:
Habitad la tierra y, cuando se cumpla la promesa de la otra vida, os llevaremos
en tropel» (Sura 17:103, 104). «Y salvamos a los hijos de Israel
del humillante castigo, de Faraón... Les elegimos conscientemente de
entre todos los pueblos» (Sura 44:30-32). «Dimos a los Hijos de
Israel la Escritura, el juicio y el profetismo. Les proveímos de cosas
buenas y les distinguimos entre todos los pueblos...» (Sura 45:16). «Y
cuando Moisés dijo a su pueblo: ¡Pueblo! Recordad la gracia que
Alá os dispensó cuando suscitó de entre vosotros a profetas
e hizo de vosotros reyes, dándoos lo que no se había dado a ninguno
en el mundo. ¡Pueblo! ¡Entrad en la Tierra Santa que Alá
os destinó y no volváis sobre vuestros pasos; si no, regresaréis
habiendo perdido» (Sura 5:20, 21).
El territorio
que Dios dió a Abram, a quien más tarde le cambió el nombre
a Abraham, y a sus descendientes no fue Palestina, sino Canaán:
"Tomó, pues, Abram a Sarai su mujer, y a Lot hijo de su hermano,
y todos sus bienes que habían ganado y las personas que habían
adquirido en Harán, y salieron para ir a tierra de Canaán; y a
tierra de Canaán llegaron. Y pasó Abram por aquella tierra hasta
el lugar de Siquem, hasta el encino de More; y el cananeo estaba entonces en
la tierra" (Gn. 12:5, 6). En ese entonces
no había "palestinos" de quienes hubieran podido tomar ese
nombre y de quienes supuestamente son descendientes. Los que
moraban en ese territorio eran los canaanitas y los ferezeos: "...y el
cananeo y el ferezeo habitaban entonces en la tierra" (Gn. 13:7).
Abraham permaneció
allí el resto de su vida: "Abram acampó en la tierra de Canaán,
en tanto que Lot habitó en las ciudades de la llanura, y fue poniendo
sus tiendas hasta Sodoma" (Gn. 13:12). Dios le dijo: "Porque toda
la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre"
(Gn. 13:15). "Y te daré a ti, y a tu descendencia después
de ti, la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán
en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos" (Gn.
17:8).
Abraham se estableció
en Hebrón en el territorio de Canaán: "Abram, pues, removiendo
su tienda, vino y moró en el encinar de Mamre, que está en Hebrón,
y edificó allí altar a Jehová" (Gn. 13:18), no a Alá.
Diez años después, nació de Agar la sirvienta egipcia de
Sara, Ismael, el fruto de la incredulidad de Abraham y Sara. Catorce años
después, cuando Abraham tenía 100 años de edad y Sara 90,
nació Isaac en Hebrón como resultado de la unión de Abraham
y de su esposa Sara, exactamente como Dios lo había prometido.
Treinta y siete
años después, murió Sara a la edad de 127 años.
Abraham todavía continuaba viviendo en Hebrón en donde había
permanecido ya por más de 70 años. Para sepultar a Sara, compró
la cueva de Macpela de Efrón el heteo: "Fue la vida de Sara ciento
veintisiete años; tantos fueron los años de la vida de Sara. Y
murió Sara en Quiriat-arba, que es Hebrón, en la tierra de Canaán;
y vino Abraham a hacer duelo por Sara, y a llorarla. Y se levantó Abraham
de delante de su muerta, y habló a los hijos de Het, diciendo: Extranjero
y forastero soy entre vosotros; dadme propiedad para sepultura entre vosotros,
y sepultaré mi muerta de delante de mí. Y respondieron los hijos
de Het a Abraham, y le dijeron: Oyenos, señor nuestro; eres un príncipe
de Dios entre nosotros; en lo mejor de nuestros sepulcros sepulta a tu muerta;
ninguno de nosotros te negará su sepulcro, ni te impedirá que
entierres tu muerta. Y Abraham se levantó, y se inclinó al pueblo
de aquella tierra, a los hijos de Het, y habló con ellos, diciendo: Si
tenéis voluntad de que yo sepulte mi muerta de delante de mí,
oídme, e interceded por mí con Efrón hijo de Zohar, para
que me dé la cueva de Macpela, que tiene al extremo de su heredad; que
por su justo precio me la dé, para posesión de sepultura en medio
de vosotros... Entonces Abraham se convino con Efrón, y pesó Abraham
a Efrón el dinero que dijo, en presencia de los hijos de Het, cuatrocientos
siclos de plata, de buena ley entre mercaderes" (Gn. 23:1-9, 16).
Treinta y ocho
años después, a la edad de 175 años, Abraham murió
y sus hijos Isaac e Ismael lo enterraron en Macpela junto a Sara. Isaac vivió
en Hebrón 110 años más. Isaac, Rebeca, Jacob y Lea fueron
también sepultados en la cueva de Macpela.
Abraham había
entrado en el territorio de Canaán 400 años después del
diluvio universal y 300 años después de la construcción
de la torre de Babel. En ese entonces no había muchos habitantes en Canaán,
el lugar estaba a disposición para que lo tomaran, él, Isaac,
Jacob y sus familias, vivieron allí por más de 300 años
antes que se trasladaran a Egipto para escapar de la hambruna que asolaba el
territorio. En ese lugar fueron esclavos por 400 años, tal como había
dicho Dios, hasta que los canaanitas se volvieron tan perversos que Dios se
vio obligado a destruirlos. Dios usó a Israel para llevar a cabo esa
labor, otorgándoles el territorio de Canaán como una herencia
eterna: "Entonces Jehová dijo a Abram: Ten por cierto que tu descendencia
morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será
oprimida cuatrocientos años. Mas también a la nación a
la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán
con gran riqueza. Y tú vendrás a tus padres en paz, y serás
sepultado en buena vejez. Y en la cuarta generación volverán acá;
porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo hasta aquí"
(Gn. 15:13-16).
Dios se
refirió a Isaac como "...tu hijo, tu único, Isaac..."
(Gn. 22:2a). Por lo tanto, Ismael no fue sepultado en Macpela, sino
en el lugar distante en donde había residido: "Y estos fueron los
años de la vida de Ismael, ciento treinta y siete años; y exhaló
el espíritu Ismael, y murió, y fue unido a su pueblo. Y habitaron
desde Havila hasta Shur, que está enfrente de Egipto viniendo a Asiria;
y murió en presencia de todos sus hermanos" (Gn. 25:17, 18). Ningún
árabe o musulmán fue enterrado en Macpela.
Los árabes
tampoco pueden reclamar una descendencia directa de Ismael, porque los ismaelitas
celebraron matrimonios con los madianitas y los edomitas:
"Y se fue
Esaú a Ismael, y tomó para sí por mujer a Mahalat, hija
de Ismael hijo de Abraham, hermana de Nebaiot, además de sus otras mujeres"
(Gn. 28:9).
Heteos: "Y
cuando Esaú era de cuarenta años, tomó por mujer a Judit
hija de Beeri heteo, y a Basemat hija de Elón heteo... Estas son las
generaciones de Esaú, el cual es Edom: Esaú tomó sus mujeres
de las hijas de Canaán: a Ada, hija de Elón heteo..." (Gn.
26:34, 36:1).
En contraste,
durante los 400 años de esclavitud en Egipto, los israelitas sobrevivieron
como un grupo étnico identificable, que fue llevado en masa a la tierra
de Canaán. El mundo entero reconoce a los israelitas hoy en día.
Negando
la heredad que le diera Dios a Israel, Yitzak Rabin, le prometió en secreto
al ex - presidente Clinton (Estados Unidos) que le entregaría el Golán,
declaró: «La Biblia no es un libro de geografía».
Poco después de esto, fue asesinado, lo que impidió
que le diera a Siria un lugar estratégicamente vital para Israel.
No fueron
los árabes, sino los hebreos quienes se establecieron en el antiguo Hebrón
y en todo el territorio de Canaán, creando así la nación
de Israel, cuyos reyes gobernaron desde Jerusalén sobre un imperio que
se extendía desde el Sinaí hasta el río Éufrates.
Alrededor del año 600 A.C., fueron conquistados por los babilonios y
dispersados entre muchas naciones.
Expulsados de
su tierra bajo el juicio de Dios en el período de la dispersión
babilónica y más tarde dos veces por los romanos,
los judíos en cantidades, siempre regresaban a la tierra prometida.
Esta gente despreciada continuó viviendo en Israel bajo el talón
opresivo de varias fuerzas invasoras extranjeras por un período de 2.500
años. Sin embargo, el 14 de mayo
de 1948, Israel fue declarado una nación independiente. Los judíos
una vez más volvieron a poseer su heredad, tal como Dios había
prometido, pero sólo una pequeña porción del territorio
que otorgara las Naciones Unidas el 29 de noviembre de 1947.
Los
árabes, en contraste, nunca vivieron en Canaán, sino
que residieron en la península Arábiga. Fue sólo hasta
el siglo VII D.C., por medio de las invasiones islámicas, que los árabes
llegaron en números significativos al territorio de Israel,
cuyo nombre fue cambiado en el año 135
D.C., por los romanos, quienes en un despliegue de cólera
y despotismo hacia los judíos, le llamaron "Siria Palestina",
por los filisteos, los principales enemigos de Israel.
Los llamados "palestinos"
de hoy, son parte de los semitas, pero sin relación alguna ni con los
canaanitas. Es una mentira descarada que los "palestinos" de hoy,
quienes al mismo tiempo también aseguran ser descendientes de Ismael,
sean la progenie de los habitantes originales de Canaán, la tierra que
Dios le prometió a Abraham, Isaac, Jacob y sus herederos.
David
fue el primer rey coronado en Hebrón y reinó allí por siete
años antes de trasladar su trono a Jerusalén.
Aunque Macpela,
esta ciudad antigua, no tiene ningún significado para los árabes
musulmanes, no obstante, construyeron una mezquita en ese lugar, le prohibieron
el acceso a los judíos y durante varios períodos de la historia
han masacrado a los israelitas que vivían allí.
En la actualidad
los musulmanes están tratando de expulsar a los pocos judíos que
todavía moran en ese territorio. Aseguran que todo el territorio de "Palestina"
y el estado que los israelitas están ocupando les pertenece por derecho.
Este fraude es la base del presente tratado de paz que los políticos
han estado forzando a Israel para que acepte.
El presidente
de Estados Unidos, debería temblar ante la solemne advertencia de
Dios quien dice que destruirá a todos
aquellos que dividan su tierra:
"Reuniré
a todas las naciones, y las haré descender al valle de Josafat, y allí
entraré en juicio con ellas a causa de mi pueblo, y de Israel mi heredad,
a quien ellas esparcieron entre las naciones, y repartieron mi tierra"
(Jl. 3:2).
Sí, su
tierra: "La tierra no se venderá a perpetuidad,
porque la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros sois
para conmigo" (Lv. 25:23). El cuarteto
político debería prestar atención, porque están
desafiando al Dios de Israel y no escaparán sin castigo.
Aquellos
que hacen "paz" quitándole el territorio que Dios le dio a
Israel, serán destruídos:
"Y
en aquel día yo pondré a Jerusalén por piedra pesada a
todos los pueblos; todos los que se la cargaren serán despedazados, bien
que todas las naciones de la tierra se juntarán contra ella" (Zac.
12:3).
El
13 de septiembre de 1993, bajo la triunfante mirada del sonriente presidente
Clinton, Arafat firmó, con Yitzak Rabin, el acuerdo de Oslo en el jardín
de la Casa Blanca. Todavía no se había secado la tinta de las
firmas, cuando Arafat comenzó a pedir disculpas públicas en idioma
árabe a los musulmanes en diferentes partes del mundo. Temeroso por su
vida, recordando que Anwar Sadat fue asesinado por sus compañeros musulmanes
por haber hecho la "paz" con Israel, Arafat alegó que sólo
estaba siguiendo el ejemplo de Mahoma y de la ley islámica que él
estableció.
En el
año 628 D.C., Mahoma dirigió a un grupo de sus seguidores,
recién convertidos a la nueva religión del islam, en una peregrinación
desde Medina de regreso a la Meca. Ellos se reunieron con miles de árabes
en las mismas conmemoraciones paganas que sus ancestros habían practicado
por siglos, con sus ceremonias bastante elaboradas, que habían sido practicadas
por los árabes siglos antes que Mahoma hubiera nacido. Él fue
rechazado por los habitantes de La Meca, pero luego firmó con ellos un
pacto de cese al fuego conocido como el pacto de Hubaybiya, y parte de él,
era que Mahoma renunciaba a su reclamo "de ser el profeta de Alá".
En el
año 630 D.C., Mahoma rompió el tratado de cese al fuego
utilizando un pretexto, y se apoderó de La Meca. Al principio, le permitió
a los árabes paganos continuar con las peregrinaciones a La Meca, mezclarse
con los nuevos musulmanes y participar en los rituales antiguos. Luego le concedió
a los paganos cuatro meses para que se convirtieran al islam, y los que no lo
hacían eran condenados a muerte.
Lo mismo es con
la festividad de Ramadán, la que Estados Unidos y presidentes
de occidente, ingenuamente han considerado sólo como "una festividad
sagrada musulmana". Comenzando con la primera aparición de la luna
nueva en el noveno mes del calendario lunar musulmán, el Ramadán
lo celebraban los árabes paganos en honor a Alá,
el dios luna, siglos antes de
que comenzara el islam.
A la peregrinación
y al Ramadán, Mahoma añadió el horror del jidah,
la "guerra santa", y le ordenó
a los musulmanes que tomaran posesión del mundo. Esa creencia ha costado
millones de vidas inocentes y es la que impulsa y dirige al terrorismo hoy en
día.
Quienes promueven
el "mapa hacia la paz", se están aprovechando de las buenas
intenciones de parte de Israel y de occidente, quienes invariablemente han sido
traicionados por los árabes musulmanes y de continuo han hecho que la
posición de Israel sea insostenible. Los presidentes norteamericanos,
uno tras otro, han engatusado a Israel para obligarlo a transigir y poner su
seguridad nacional en peligro una y otra vez, mientras que los líderes
árabes musulmanes sólo han hecho burla de todo esto. Las buenas
intenciones de Israel y del mundo occidental siempre han terminado en continua
humillación y engaño.
Persiguiendo sus
iniciativas imposibles de paz, los líderes
mundiales desafían al Dios de Israel y de la Biblia.
Como dice
Dios en su Palabra:
"¿Por
qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán
los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra
Jehová y contra su ungido..." (Sal. 2:1,2).
"Pero hasta hoy Jehová no os ha dado corazón para entender,
ni ojos para ver, ni oídos para oír" (Dt.
29:4). "Hijo de hombre, tú habitas en medio de
casa rebelde, los cuales tienen ojos para ver y no ven, tienen oídos
para oír y no oyen, porque son casa rebelde" (Ez.
12:2). "El que tiene oídos para oír, oiga"
(Mt. 11:15). El Señor al escuchar el aterrador sonido
de su risa, dice: "El que mora en los cielos se reirá; el Señor
se burlará de ellos" (Sal. 2:4).
Estamos
viviendo en la etapa final del cumplimiento asombroso de las profecías
bíblicas.
Detrás
de todo está la mano omnipotente del propio Dios, quien dijo: "He
aquí yo pongo a Jerusalén por copa que hará temblar a todos
los pueblos de alrededor contra Judá, en el sitio contra Jerusalén.
Y en aquel día yo pondré a Jerusalén por piedra pesada
a todos los pueblos; todos los que se la cargaren serán despedazados,
bien que todas las naciones de la tierra se juntarán contra ella"
(Zac. 12:2, 3).
Esta
profecía extraordinaria está teniendo cumplimiento hoy. Nunca
antes en la historia se habían unido todos los que rodean a Israel para
destruirlo. Este desenvolvimiento significativo en la historia y la profecía
bíblica coincidió con el auge del islam.
Estados
Unidos quiere una "democracia viable", un estado palestino que viva
en paz con Israel, pero ninguna democracia existe o puede existir en una sociedad
musulmana. Israel es la única democracia en el
Medio Oriente. Estados Unidos está tratando de implementar
la democracia en Afganistán y en Irak. Si esto pudiera ser posible, estremecería
al entero mundo musulmán. El islam no puede sobrevivir en una
sociedad libre.
El retiro precipitado
de los norteamericanos en Líbano hace 30 años, al huir de terroristas
conocidos auspiciados por Siria e Irán, en vez de haberlos perseguido,
alentó y promovió el terrorismo desenfrenado que prevalece en
el mundo hoy. ¿Puede realmente Estados Unidos, aliarse con terroristas
y hacerle frente al nocivo terrorismo? ¿Cuándo admitirá
que el terrorismo es algo endémico en el islam? ¿Será una
situación políticamente correcta? ¿Llegará algún
día el momento en que se dirá la verdad? Todavía está
por verse que Estados Unidos logre acabar con el terrorismo, mientras su departamento
de estado se opone secretamente a Israel y favorece a
los árabes.
La Biblia
predice una paz falsa, en la cual el Anticristo destruirá a muchos:
"Y
su poder se fortalecerá, mas no con fuerza propia; y causará grandes
ruinas, y prosperará, y hará arbitrariamente, y destruirá
a los fuertes y al pueblo de los santos. Con su sagacidad hará prosperar
el engaño en su mano; y en su corazón se engrandecerá,
y sin aviso destruirá a muchos..." (Dn. 8:24, 25a).
Trágicamente,
Israel será engañado,
echará abajo el muro de seguridad y descenderá su guardia, abriendo
así la puerta al tiempo de angustia para Jacob
y el Armagedón:
"¡Ah,
cuán grande es aquel día! tanto, que no hay otro semejante a él;
tiempo de angustia para Jacob; pero de ella será librado" (Jer.
30:7).
"Y
dirás: Subiré contra una tierra indefensa, iré contra gentes
tranquilas que habitan confiadamente; todas ellas habitan sin muros, y no tienen
cerrojos ni puertas; para arrebatar despojos y para tomar botín, para
poner tus manos sobre las tierras desiertas ya pobladas, y sobre el pueblo recogido
de entre las naciones, que se hace de ganado y posesiones, que mora en la parte
central de la tierra... Por tanto, profetiza, hijo de hombre, y di a Gog: Así
ha dicho Jehová el Señor: En aquel tiempo, cuando mi pueblo Israel
habite con seguridad, ¿no lo sabrás tú?...
Y
subirás contra mi pueblo Israel como nublado para cubrir la tierra; será
al cabo de los días; y te traeré sobre mi tierra, para que las
naciones me conozcan, cuando sea santificado en ti, oh Gog, delante de sus ojos"
(Ez. 38:11, 12, 14, 16). Dos tercios de todos los judíos en el mundo
serán asesinados: "Y acontecerá en toda la tierra, dice Jehová,
que las dos terceras partes serán cortadas en ella, y se perderán;
mas la tercera quedará en ella. Y meteré en el fuego a la tercera
parte, y los fundiré como se funde la plata, y los probaré como
se prueba el oro. Él invocará mi nombre, y yo le oiré,
y diré: Pueblo mío; y él dirá: Jehová es
mi Dios" (Zac.
13:8, 9).
Los
que sobrevivan creerán en Cristo y serán salvos, cuando los rescate
y reconozcan al Señor crucificado y resucitado como su Mesías
y Dios:
"Y
derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén,
espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí,
a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito,
afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito"
(Zac. 12:10).
"Mas
el que persevere hasta el fin, éste será salvo"
(Mt. 24:13).
"Porque
no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis
arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento
en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel
será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el Libertador,
que apartará de Jacob la impiedad" (Ro. 11:25, 26).
Por Dave Hunt